Imagina que odias los Seat. Todos y cada uno de los coches de esa marca. Te parecen feos, incómodos, poco potentes, no sé, los odias y ya está. Tienes tus razones, o simplemente es algo visceral, irracional, un prejuicio. Los odias y punto. Vale. Ahora imagina que Aston Martin se hace con Seat. Llegan, compran la marca y deciden hacer algo diferente, presumiblemente mejor. Pero tú, recuerda, sigues odiando a Seat.
Al cabo de unos meses, la nueva Seat, propiedad ahora de Aston Martin, saca al mercado un modelo -el Seat London, pongamos por caso- que resulta ser un auténtica maravilla: bonito, con un estilo inconfundible inspirado en los mejores Aston Martin de la Historia, rebosante de motor, elegante a la vez que deportivo… Y, claro, a ti se te caen los palos del sombrajo. Joder, yo que odio a Seat, que he vilipendiado sus coches, que me he reído en la cara de los amigos que los conducen, y ahora, mira por dónde, menudo pedazo de carro se han inventado estos. Joder, joder, joder.
Y ahora deja de imaginar, y destapemos la metáfora. Seat es, ya te lo imaginas, Nokia. Aston Martin hace el papel de Microsoft. Y el Seat London se llama Nokia Lumia 800. Este:

Volviendo a los prejuicios, os diré que a mí los productos de Nokia anteriores al Lumia 800 me siguen pareciendo una mierda. En eso no he cambiado de opinión. Y esos prejuicios tienen alguna base empírica, pues he probado, usado y poseído algún terminal de los finlandeses. Aunque también son algo que me sale de dentro, pues siento verdadero asco cuando veo rodar un Symbian, qué queréis que os diga. Lo que no quita para que no sólo sepa reconocer el cambio espectacular que se produce cuando sale al mercado una maravilla como el Lumia, sino que incluso yo, defensor y usuario a ultranza del iPhone de Apple haya decidido pasarme al nuevo Nokia. ¿Mis razones? Allá van.
Mi iPhone 4, que llevo utilizando desde hace un año, es una verdadera maravilla. Cuando Apple sacó al mercado el primer iPhone, ya se veía que ese terminal iba a cambiar el mundo de la telefonía móvil. No reconocer eso a toro pasado es estar muy ciego, y yo tengo los ojos bien abiertos. Razón por la que un terminal, a mí, me tiene que entrar por los ojos, o empezaremos mal. El iPhone fue revolucionario porque estéticamente representaba algo que no existía: un teléfono precioso, grande pero no excesivo, con una pantalla fabulosa, y un sistema operativo sencillo, que hacía que todo fuera fácil. Pero, ah, el tiempo pasa, y se lleva la novedad. En estos tiempos, al menos desde un punto de vista tecnológico, nada dura no ya eternamente, sino más allá de, pongamos, cuatro o cinco años. Y desde el nacimiento del iPhone, lo cierto es que el único avance plástico fue el paso de los modelos 3x al 4 (mejor no profundizaré en las novedades, desde un punto de vista estético, del iPhone 4S: cero). En cuanto a avances tecnológicos, bastantes y muy importantes, pero el iOS, incluso el 5, ya no representa nada revolucionario. Es el mismo repositorio de iconos de aplicaciones.
Si la interfaz es el rey, Apple está perdiendo la batalla. Y no precisamente frente al Android de Google, esa especie de fusión de tecnologías obsoletas con militancia opensourcista. Apple pierde contra quien menos se podía esperar: contra una Microsoft que decidió abandonar todo su viejo trabajo de sistema operativo para móviles para empezar de cero, y que ha conseguido que su Windows Phone 7, ahora sí, sea sinónimo de innovación, de novedad, de frescura, de usabilidad, de confiabilidad. Que sea bonito y llamativo para cualquier usuario, pero también útil a nivel empresarial.
Y, en fin, por eso mi terminal es el Lumia de Nokia: porque Aston Martin ha hecho un excelente trabajo con el Seat London. ¿Nos damos una vuelta?






















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