Leo en EL PAÍS.com una entrevista breve con Guillermo Fesser, periodista que, junto con Juan Luis Cano, formó parte del dúo radiofónico Gomaespuma durante muchos años. Y me ha hecho pensar, cosa rara en mí (o no tanto, vaya).

Gomaespuma forma parte de mi formación como persona. Supongo que si no hubiera sido un oyente habitual de Cano y Fesser, mi forma de enfocar lo que sucede en el mundo no sería la misma. De hecho, creo que sería peor, más malhumorada. El caso es que leyendo la entrevista me encuentro con esto:
“La información que manejamos aquí sobre Estados Unidos es correcta pero incompleta”, discurre. “Es el Imperio, pero también son creativos, amables y con un estupendo sentido del humor”. Fesser dice que los prejuicios sobre EE UU le molestan tanto como cualquier prejuicio.
Y no puedo estar más de acuerdo con él, así que para qué ampliarlo: cualquier prejuicio me molesta. Por ejemplo, Fesser mismo acaba de publicar un libro, titulado A cien millas de Manhattan. No lo he leído -todavía- pero no me lanzaré sobre él con esa mirada por encima del hombro con la que muchos lectores resabiados lo harán: “Ya está el payaso ese creyéndose escritor”.
Algo parecido a lo que alguna gente piensa cuando saben de un nuevo (o viejo) libro de cualquier autor de éxito. Lo digo por mi admirado Pérez Reverte, por ejemplo. Para que se me entienda: ante esta foto de más abajo en la que aparecen tres de los escritores que más valoro, algunos sólo calificarían a Javier Marías como escritor. Los otros dos, ya se sabe, serían, simplemente, descalificados. Reverte, por escribir demasiado bien, o porque se le entiende todo. Y Vargas Llosa, directamente, por facha. Que tiene cojones la cosa.

Cómo me molestan los prejuicios de quienes son incapaces de ver más allá de sus ombligos, siempre con ese aire de superioridad aristocrática que, supongo, les confiere el haber sido capaces de leer -en checo, faltaba más-, Nesnesitelná lehkost bytí. Que con su pan se lo coman. Flaco favor le hacen a la cultura. Y no sólo a la española.