De los acontecimientos deportivos del fin de semana me quedo con la sensación de asco que me produjo una, y la de pena que me hizo sentir la otra.
El asco lo sentí en el partido de fútbol entre el Espanyol y el Barça. Y no, no tuvo nada que ver con que el Barcelona se llevara la victoria gracias a un penalti inexistente pitado por un árbitro indecente, en el último suspiro del match. De verdad que eso me da igual. Al fin y al cabo, yo soy del Real Madrid, y los aficionados de los clubes grandes sabemos que caben muchas más posibilidades de que un árbitro se equivoque a nuestro favor que en contra nuestra. La repugnancia me la produjo ver cómo ese puñado de niñatos incultos y riquísimos que juegan en el Barça se lanzaron a dedicar sus dos goles al montón de basura ultra que se hace llamar Boixos Nois, alentándoles a seguir haciendo lo que hacían: tirar bengalas desde su grada a las inmediatamente inferiores, con peligro para quienes sólo pretendían ver tranquilamente un partido de fútbol. Qué asco de jugadores, qué asco de “afición”.
Y la pena del finde ha sido tener que soportar una carrera más de fórmula 1, como ferrarista, avergonzándome de la mierda de pilotos que tenemos, y del desastre de equipo que estamos enseñándole al mundo. Que Kimi es un témpano de hielo de la peor calidad, es sabido. Hielo que se derrite olorosamente por momentos, por otro lado. Que Massa es poco de fiar, tres cuartos de lo mismo, aunque en la carrera de hoy en Singapur la culpa de su pésima actuación ha sido enteramente del equipo. Porque, vamos a ver, si decidimos no usar el lollypop (la piruleta, el palo de stop), por lo menos asegurémonos de que el puto semaforito que hace las veces funciona en el pit lane. Cojones. Y, si no funciona bien -y ya llevamos dos incidentes graves-, pues volvemos al palito, y arreglado. ¿O no?

Finalmente y sin que sirva de precedente, enhorabuena a Alonso, que llevaba la tira sin ganar y hoy lo ha conseguido; y a Hamilton, que cada día parece más cerca del campeonato, más por deméritos ajenos que por méritos propios. Que lo disfruten por igual el simpático piloto asturiano y el padre del otro.
Y, en fin, los ferraristas, a seguir pasando vergogna, con estos dos que nos han tocado, y con sus jefes que les contrataron y les mantienen.









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