Me llama la atención el prurito antifallero que se les pone a algunos en el cuerpo al llegar estas fechas. Para los de fuera de Valencia (que van a ser la mayoría), que sepan que, así como Pamplona, por ejemplo, tiene sus Sanfermines, mi ciudad tiene también sus fiestas, las Fallas, que se celebran en marzo. No me voy a extender sobre las características de estas fiestas, pues están muy bien documentadas en muchos sitios, pero sí me gustaría centrarme en esa urticaria antifallera que comentaba antes.

Objetivamente, las Fallas son un incordio para cualquier vecino de la ciudad: cortes de calles, carpas llenas de falleros que comen, beben y se divierten, un tráfico imposible durante varios días, ruidos insoportables como consecuencia de los petardos que explotan a todas horas. Un coñazo para cualquier vecino. Lo cual es aprovechado por una apreciable parte de la población -los modelnos- para sacar a relucir fobias que tienen poco que ver con las propias fiestas, y mucho con su visión particular de las mismas. Para esta subespecie urbanita, las Fallas son unas fiestas rancias, fachas, carentes de glamour, de las que es mejor huir por si se produce algún tipo de contagio. Bien. Están en su derecho de sentirse por encima del resto de conciudadanos, y de expresarlo como mejor les parezca.
Otra cosa es si a esos modelnos les mientas, pongamos por caso, la tamborada de no-sé-dónde, las hogueras celtas de no-sé-juande, o el Carnaval de agosto de Notting Hill. O sea cualquier cosa que no sean las Fallas, que por definición no sean las fiestas de su ciudad, en cuyos casos probablemente entenderán que algo tiene el agua cuando la bendicen, e incluso babearán ante aquellos grandes festejos. Más baba cuanto más lejos se produzcan y cuanto menos cercanos los sientan, según se puede observar en sus actitudes.
Las Fallas no dejan de ser las fiestas de Valencia, lo que implica que la ciudad cambia radicalmente durante un periodo de tiempo, lo que molestará más o menos, pero no deja de ser lo más natural en cualquier parte del mundo en donde haya fiestas propias. Seguro que habrá pamplonicas que odien los Sanfermines, pero supongo que no serán tan cenutrios como para no darse cuenta de que al fin y al cabo son una semanita al año, que no hace daño a nadie, además de reportar una buena dosis de alegría a muchos conciudadanos, y un aliento económico que no viene mal en épocas de bonanza como de crisis.
Aunque, claro está, cuando se parte de un prejuicio -las Fallas son lo peor de lo peor-, el juicio ya está perdido. Injustamente, pero qué le vamos a hacer. A los modelnos les esperan días de sufrimiento inconmensurable -pobrecitos-, mientras a los falleros nos queda disfrutar de la pólvora, de la música, de la gastronomía y del fiestón. Cada vez me alegro más de estar de este lado: eso que se llevará mi cuerpo. Xe.