Ayer hubo elecciones al Parlamento Europeo, y en casi toda Europa ganaron los conservadores. Lo digo así de finamente porque, para mí, no es lo mismo hablar de gente respetablemente de derechas (con más o menos respeto hablo de Sarkozy, de Merkel, o de Cameron), a los que no tengo inconveniente en asignar la etiqueta políticamente correcta de conservadores, que de tipejos despreciables como Berlusconi o Mayor Oreja, a quienes no puedo etiquetar de otra forma que como fachas. Porque, mire usted, mezclar churras con merinas suele llevar a engaño, y aunque ser de derechas, para mi rojo gusto, ya implica ser poco de fiar, no puede ser lo mismo, pongamos por caso, un señor como Duran Lleida que un (presunto) ladrón como Francisco Camps.

Pero vamos a lo que vamos: han ganado, ya ves tú. O sea que los otros han perdido. Es decir que frente a las propuestas sociales de partidos socialistas, socialdemócratas, izquierdunidos, esquerrepublicanos, verdesquetequieroverdes y demás rojerío, ganan las propuestas estilo despido-libre-y-además-me-forro de conservadores y fachas. Bien. Analicemos. ¿Quiere esto decir que la mayoría de los europeos quieren tener como jefes a gente que propugna desde poner 65 horas de trabajo semanal (los conservadores) hasta robar todo lo que pueda, follarme tantas menores como sea posible aunque -eso nunca- no permitirles abortar si las dejo preñadas (los fachas)? No, hombre, no. No podemos ser tan imbéciles, los europeos, aunque lo parezcamos. En realidad la cuestión es la siguiente, según la veo yo: los conservadores y los fachas tienen un granero de votos pétreo, un montón de millones de personas que, llueva o haga sol, con traje o sin él, salen a la calle a votar a los suyos sean estos quienes sean, llámense Aguirre o Gallardón, Aznar o Rajoy, Berlusconi o Merkel, Barberà o Fabra. A esos votantes se la pela cualquier dilema moral, cualquier duda ética: simplemente van y votan. Son los suyos, así que por qué coño dudar.
Entre tanto, la izquierda se la coge con papel de fumar. Los hay desde los divinos, que votan al Partido Jacquesbrelista de Liberación, porque mola mucho su enfoque pro-cubano con un toque de nouvelle cuisine, hasta los que, simplemente, están por encima del bien y del mal, y se quedan en su casa el día de las elecciones porque para qué voy a ir a votar, si a mí lo que no me gusta es el sistema perverso y horrible que quiere convertirme en un robot votante, cuando en realidad yo soy un alma libre que sólo quiere volar hacia el horizonte en una noche estrellada. O sea los abstencionistas. Sí, sí, esos que hoy se lamentan de que Europa esté en manos de quien está, pero ayer no hicieron nada por evitarlo.
Por supuesto, hay muchos votantes y no votantes que se escapan de mis etiquetas. Pero de esos no me apetece hablar. Aunque, en realidad, ellos son los importantes aquí, porque en un mundo mediocre, los grises marcan tendencias. Igual otro día hablo de ellos. Y mira que lo que me pide el cuerpo es escribir sobre qué habría pasado si quienes se quedaron en casa ayer no lo hubieran hecho. Y con datos, que mola más. Pero eso será otro día. Ahora me voy a vomitar.