El otro día leí un artículo de mi admirado Javier Marías en El País Semanal, que venía a echar luz sobre algo que me tiene inquieto -intelectualmente hablando, por mal que suene- desde, al menos, las pasadas elecciones europeas. Recordaréis que esas elecciones, en mi tierra, Valencia, aunque no sólo aquí, las ganó la derecha de Paco Camps, Rita Barberà, y demás beatos, meapilas, santurrones, gazmoños, mojigatos, hipócritas y puritanos. Las ganaron en toda regla, sacando un montón de ventaja sobre cualquier atisbo de cambio, de izquierda, o de lo-que-sea. Y, lo que más me tiene alterado, las ganaron a pesar de estar envueltos en casos flagrantes de corrupción.
Don Francisco Camps, Molt Honorable President de la Generalitat Valenciana, está imputado por haber recibido, presuntamente, regalos presuntos con forma de trajes (¿presuntos?), de una trama que se dedicaba a conseguir concesiones de todo tipo para, digámoslo clarito, forrarse hasta las cejas de pastuqui (sic). Ahora ha salido a la luz que Doña Rita Barberà, Excel·lentíssima Alcaldessa de la València, recibió, presuntamente, y de los mismos señores, bolsos vuittónicos carísimos y, seguramente, presuntísimos. Su defensa, últimamente, ya no es que todo es falso. No. Ahora resulta que puede que sea cierto, pero que es algo generalizado entre los políticos, eso de recibir regalos. Supongo que lo siguiente será intentar que entendamos, ceporros, que somos unos ceporros, que lo mismo da si alguien hace un regalo institucional, que queda depositado donde corresponda, que se acepta en función de un cargo que se ostenta, pero del que no se hace uso personal, que es entregado con luz y taquígrafos como presente de buena voluntad por un embajador, un Presidente de Comunidad Autónoma o un alto mandatario extranjero; lo mismo da esto, digo, que si el regalo lo hace un tipo que, presuntamente, recibe favores en forma de concesiones, de contratos, o de comisiones, que no tiene reparos en comentar con sus coleguillas lo amigote que es de Paco, el curita, y al que no le duelen prendas reírse a carcajadas mientras habla por teléfono con algún compinche, al que le comenta la cantidad de pasta que se van a repartir. O sea que, para Rita y Paco, es lo mismo su compañero Revilla, Presidente de la Comunidad Autónoma de Cantabria llevándole anchoas al Presidente del Gobierno de España, que El Bigotes untando (presuntamente, no jodas) a Paquito y Ritita. Lo mismo. Del todo.

Pero decía que Javier Marías había abierto una nueva perspectiva en todo este asqueroso tema. Me explico. Yo no paraba de darle vueltas a cómo era posible que una parte importantísima de mis conciudadanos pudieran votar a gente como Fabra, Camps o Barberà. Me revolvía las tripas pensar que hubiéramos llegado a tal nivel de italianización o, mejor, de berlusconización. Que nos diera lo mismo dar nuestra confianza para que nos gobiernen a personas ensuciadas por los lodos de la corrupción, a gente que se enriquece a costa del dinero de todos, a gente que entiende la amistad como una entente entre ladrones. Y Javier Marías me abrió los ojos. Según la tesis del escritor, la cosa se reduce a un sentimiento de identidad, un sentirse cerca de los que consideramos “los nuestros”, que nos impide tener una mínima autocrítica hacia ellos. Así, un votante habitual del PP no es que sea un ladrón a la altura de sus representantes: es que es un fan, un hooligan, alguien que jalea a su equipo aunque le dé asco cómo juega. ¡Olé los míos! ¿Triste? Mucho, pero muy razonable, visto lo visto, que eso sea lo que nos pasa por estas tierras.
Yo añadiría a la teoría de Marías una perspectiva más. Muchos valencianos votan a los peperos porque no ven alternativa, porque no encuentran nada mejor a lo que votar. Así que a los sociatas, los izquierdounidos, los bloqueros, y a quienes quiera que deseen ganar, alguna vez, unas elecciones por estos lares, más les valdría irse poniendo las pilas. Aunque dudo de que puedan, porque, seguramente, es cuestión de liderazgo, y no recuerdo que la izquierda valenciana haya dado un solo político mínimamente presentable capaz de ser líder de nada desde que la espichó el Generalísimo. A las pruebas de mediocridad me remito: Lerma, Ciscar, Alborch, Plà, Alarte… Así les va.
Para acabar, se me ocurre que es posible que la falta de autocrítica que destapaba Javier Marías en su artículo nos afecte a todos: es posible que yo, rojo peligroso, no sepa darme cuenta de las maldades de los políticos de mi cuerda. Pero sólo es posible: no es probable. Porque yo sí creí que el GAL era un asunto repugnante, a pesar de lo que puedo llegar a odiar a la gentuza de ETA. Yo sí supe que Asunción debía dimitir después de la fuga de Roldán. Yo sí que entendí que, aunque se tratara de una caza de brujas interna, Ignasi Plà debía dejar su cargo de Secretario General de los socialistas valencianos, cuando le pillaron con reformas domésticas opacas. Por poner unos ejemplos de autocrítica. En definitiva, yo sí entiendo que los políticos tienen la obligación de dimitir cuando les pillan con el carrito del helado. Al menos los de izquierdas. Que los otros, ya se sabe, siempre están limpios, aunque sus conductas y sus misas huelan a mierda.
P.D.: Que no me venga nadie con que todos los políticos son iguales: de momento hay algunos imputados sin dimitir, en el PP, y otros, los de izquierda, que, cuando hay que hacerlo, dimiten por vergüenza torera. Lo que demuestra que ser de izquierdas es mucho más que tener un cargo y aferrarse a él. Y el que se pique…