Adolf Hitler llegó al poder en Alemania democráticamente. Eran tiempos difíciles para aquel país. Hitler construyó un pensamiento basado, entre otras ideas populistas, en el odio hacia el otro, el no alemán. Pensamiento que caló en los votantes germanos hasta el punto de que acabaron encumbrándole a la Cancillería. Una vez instalado en el poder no se limitó a llevar a cabo su programa electoral, sino que, como sabemos y lamentamos ahora, pervirtió el mismo sistema, desde dentro, laminando cualquier posibilidad de reacción ante su barbarie. Europa y el mundo hubieron de sufrir una guerra atroz para acabar con el nazismo.
Hugo Chávez llegó al poder en Venezuela democráticamente. Ganó unas elecciones y se hizo con las riendas. Una vez conseguido el objetivo de mandar, se dedicó -se dedica- a realizar cambios en la mismísima estructura del Estado, destrozando la división de poderes que es fundamental para que una democracia pueda ser considerada como tal, acallando a la oposición para que no pueda acercarse a la mínima posibilidad de ganar unas elecciones, controlando los medios de comunicación del país, cerrando directamente los medios menos afines al chavismo.
Silvio Berlusconi llegó al poder en Italia democráticamente. Lo siguiente fue cambiar las leyes de la República para conseguir no ser imputado en diversas causas de corrupción. Además, cambió la legislación que le impedía poseer televisiones, de forma que ahora tiene los medios más influyentes en su bolsillo.
Estos tres casos, salvando todas las distancias que se quiera, son ilustrativos de cómo se puede acceder democráticamente al poder para después pervertir el propio sistema democrático convirtiéndolo en algo muy diferente a lo que debería ser. Hay más ejemplos, ya lo sé. Pero más que ver lo que ya sabemos, lo que me pregunto es qué podemos hacer al respecto. Qué puede hacer la democracia para evitar estas “anomalías”. Por ejemplo, qué pensar sobre lo que está pasando en Honduras.

Yo no digo que la solución hondureña al uso abusivo del poder democráticamente ganado sea la correcta, pero no puedo evitar ver en Manuel Zelaya a otro Chávez y, por extensión, a otro Berlusconi (y no sigo…). Alguien que llegó al poder democráticamente para, una vez dentro, cargarse el mismo sistema democrático. Seguramente lo que me chirría es la forma en que lo arrancaron del poder -mediante un golpe civil apoyado en el Ejército-, pero no dejo de preguntarme si no era peor permitirle llegar a los extremos de degeneración democrática a los que ya han llegado, entre otros, Chávez y Berlusconi. Hay asuntos en los que sólo tengo preguntas. Si alguien me ayuda a pensar, se lo agradeceré.



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