Estos últimos días algo me ha pasado, y no puedo no contarlo. Seré breve, no os preocupéis.
Lo primero es que me he sentido bastante decepcionado (ya llevo tiempo incubando esto) con Fernando Alonso. Vale que los gerifaltes de la F1 no son trigo limpio, y que han tomado decisiones que seguramente han perjudicado al asturiano. Vale que algunas de esas decisiones parecen haber beneficiado a otros pilotos (en corto: a Hamilton). Pero la cosa empieza a pasar de castaño oscuro, porque, y cada vez más, sólo veo una actitud victimista en Alonso, lo que me preocupa fundamentalmente porque el muchacho corre encima de uno de mis bólidos (del que corre en el otro Ferrari ni hablo, que ya lo conocemos todos). Estamos de acuerdo: Fernando es español, de la tierra de mis padres, y pilota uno de mis amados caballitos, pero cada vez soporto menos la excusa constante que hace que todo el mundo tenga la culpa de lo que le pasa al hombre. Todo el mundo menos él. A lo mejor he -hemos- sobrevalorado a “nuestro” piloto. Me lo estoy pensando, y acepto opiniones

Lo otro que me ha pasado es que, a raíz de mi anterior entrada en este blog, recibí numerosos comentarios por muchos medios, de gente a la que conozco y de desconocidos, en los que ponían en solfa mis críticas al eventual -y finalmente real- triunfo de la selección española de fútbol en el Mundial de Sudáfrica. Comentarios que me hicieron reflexionar si no sería yo quien se equivocaba, quien veía las cosas desde un cristal demasiado oscuro, demasiado viciado, demasiado pesimista. Mi punto de resentimiento histórico hacia conceptos como España, hacia símbolos como la bandera o el himno, me hacía ver una evolución deportiva como si fuera un atentado a mi forma de sentir mi propio país. Una amiga de Facebook me ha dicho que rectificar es de sabios, pero nada más lejos de mi voluntad que llegar a la sabiduría. Me conformo con soltar algo de lastre, con dejar que entre la brisa, con permitirme un punto de desinhibición suficiente como para alegrarme sinceramente de la victoria de la selección, y como para llamarla, por primera vez en mi vida, mi selección. A lo mejor resulta que este rojo se ha enamorado de una roja que juega muy bien al fútbol.

Ángel María Villar -el impresentable dirigente futbolero incapaz de pronunciar “fútbol” con un mínimo de corrección-; Telecinco -esa gran televisión que eleva continuamente el nivel cultural de los españoles-; Cuatro -la que fuera cadena “de la izquierda”, ahora comprada por Telecinco, y heredera de los más bajos instintos de su nueva dueña-; los políticos psocialistas y peperos, que se apuntarán al carro victorioso; el facherío de toda la vida -encantado de oír la tonadilla casposa y repugnante del “yo soy español, español, español”-; los fabricantes chinos de sombreros, camisetas y banderitas españolas rojigualdas; los 11 (o veintitantos) millonarios en calzón que van a ingresar todavía más por contratos publicitarios; las agencias de publicidad que nos van a machacar durante años con el triunfo de “la roja”; Coca-Cola, Adidas, Banesto; Marca, As, La Sexta, y demás “periodistas” (con todas las comillas) deportivos con las venas hinchadas de tanto gritar su objetividad a los cuatro vientos.
Todos esos son los que saldrían ganando si la selección española de fútbol se llevara el Mundial, y seguro que me quedo corto. Ellos se encargarían de restregarle al mundo lo maravillosos que somos, lo alto que hemos llegado, lo bonito que es un sueño cumplido, lo mucho que necesitábamos esta gesta. Nos esperarían años de “que viva España”. Así en Benidorm como en la Castellana.

¿Y quién sale perdiendo si España gana el Mundial? Los de siempre: los que, como yo, están hasta las pelotas de tanto patriotismo impostado, de tanto “podemos”, de tanta superioridad chulesca, de tanta mierda nacionalista española trufada de barcelonismo indisimulado (que manda huevos), de tanta publicidad por inundación. Aunque, por otro lado, podría ser que me equivoque, y que yo aún me sienta rodeado por una España de pandereta (o de vuvuzela) que ya no existe. Puede que seamos muy europeos y muy cosmopolitas, y yo no me dé cuenta. Puede que las victorias de España no sean más que triunfos futbolísticos a los que no hay que darles más vueltas. Sí, será eso. Así que fuera paranoias y adelante con los faroles. ¡A por ellos! Oé
Apple ha presentado el nuevo iPhone 4, y a mí me ha dejado con ganas de tenerlo -y qué ganas-, aunque con cierta sensación de tener delante un producto que podía ser más completo. Para empezar, no hará falta decir que Apple, a diferencia de Microsoft, no necesitaba hacer una revolución a lo WP7. Le basta con reformar lo que tiene -un gran dispositivo-, así que para qué revolucionar.

Apple se ha limitado -y no es poco- a hacer un magnífico lavado de cara de su dispositivo, y a añadirle algunas funcionalidades. La nueva carcasa de acero y su aspecto menos redondeado y más fino, le dan un aire más estándar, sin perder el sello Apple, esa finura pija inherente a todo aparatito de los de Cupertino. Una batería mayor y con más capacidad, y un procesador más rápido (el A4) hacen de iPhone 4 un dispositivo aún más deseable por los frikis appleianos y por sus abducidos, entre los que me cuento. ¿Más cosas? Pantalla con una resolución de 960 x 640, vídeo-llamada a toda pantalla, multitarea -ya era hora-, cámara de 5 mega-píxeles con flash LED, grabación y edición de vídeo en alta definición, carpetas de fácil creación para organizar las aplicaciones… En fin, un aparato fabuloso, que no hace sino mejorar a su antecesor.
Por otro lado, sin ánimo de hacer sangre, pero puestos a ver la de arena, bien podríamos decir que Apple no se ha lanzado a fondo. Tal vez porque la estrategia es ir dando los pasos despacito, creando espectativas y dejando madurar al mercado, los de la manzana no han incluido iPhones con más capacidad (sólo llegan con 16 o 32 GB), se les ha vuelto a olvidar -vaya- ponerle radio FM (como si eso costara tanto)… Peccata minuta, en todo caso. Sin duda el nuevo cacharro de Steve Jobs ha venido a continuar con el camino triunfal de sus predecesores, sin tirarse a piscinas. Ni falta que les hace.
]]>A veces es mejor empezar de cero, cuando no estás contento con lo que tienes. O eso ha debido de pensar Microsoft al plantearse cómo seguir su camino en el endiablado mundo de la telefonía móvil. Para empezar, como ya sabréis, los de Redmond han decidido lanzarse a una guerra difícil de ganar: los terminales. En un universo habitado por especies como Nokia, Apple o HTC, Microsoft no quiere perder bocado y, como ya hiciera hace años con su irrupción en el mundo de las consolas de juegos mediante su Xbox, pide paso con unos sorprendentes terminales denominados Kin.

Por supuesto, la cosa no acaba aquí, ni mucho menos. El cambio más importante que prepara Microsoft no está en el hardware, sino en el software, con un nuevo sistema operativo para móviles, llamado Windows Phone 7 Series. Y lo de nuevo, aquí, no es hablar por hablar. Hasta ahora, la evolución del sistema de Microsoft para móviles había supuesto una tradicional reforma del mismo, una actualización constante basada en el hecho de que ese sistema (el viejo Windows Mobile) debía obligatoriamente ser adaptable a los dispositivos fabricados -siempre- por otros. O sea que se tenía más en cuenta el ecosistema de hardware que existía, y se aceptaba como inexcusable la compatibilidad del Windows para móviles con los muchos dispositivos que otros fabricaban. Así, marcas como HTC o Samsung marcaban de alguna forma las directrices que habían de regular la actualización del sistema operativo. Por decirlo de otra forma, frente a la forma de trabajar cerrada de Apple con su iPhone (”yo me lo guiso y yo me lo como: el hardware y el software que rueda debajo son cosa mía”), Microsoft trabajaba más a lo Symbian (antes de que Nokia lo fagocitara del todo): yo pongo el sistema operativo, y los fabricantes de terminales lo usan como mejor prefieran, añadiendo su propia interfaz e introduciendo los cambios que les apetezca.
Obviamente esa política ha llevado a que el iPhone sea considerado un terminal fantástico, al igual que la mayoría de los productos de Apple, pues es difícil -aunque no imposible- que alguien haga el software y el hardware y le salga mal, mientras que, en el caso de Windows Mobile, las críticas, fundadas en muchas ocasiones, han procedido casi siempre del comportamiento anómalo de los terminales al tener que integrar un sistema operativo en decenas de “envoltorios” diferentes.
Pero, como digo, Microsoft ha cambiado de estrategia, optando por un modelo en parte híbrido, pero marcado por los de Redmond con mano de hierro. Me explico: el nuevo Windows Phone 7 sólo funcionará en un reducido número de “carcasas”, que la propia Microsoft certificará como válidas para rodar su sistema operativo. De esta forma, no serán los fabricantes de terminales quienes decidan completamente cómo será su hardware, sino que estarán obligados -sí o sí- a montar una de las carcasas que Microsoft licencie. Esto no es baladí. Implica que, por ejemplo, HTC tendrá que poner la cámara en una determinada posición, estará obligada a ceñirse a unas medidas mínimas de alto, ancho y profundo, no podrá poner un procesador cualquiera, tendrá que proveer a sus dispositivos de la cantidad de memoria mínima que Microsoft le diga… Veremos cómo responden las compañías productoras de terminales a las exigencias de Microsoft. Aunque dudo que se quejen demasiado, si prevén ventas. Esto es un negocio, al fin y al cabo.

En cuanto al sistema operativo en sí, los cambios son brutales. Digamos que la ruptura con Windows Mobile es absoluta. Para empezar, Windows Phone 7 está completamente reescrito, no sólo desde el punto de vista visual. Para seguir, las aplicaciones para Windows Mobile serán incompatibles con Windows Phone 7. O sea que quien estuviera acostumbrado a, pongamos por caso, el Sense/Manila de HTC, o a la interfaz de usuario de SPB, ya puede irse despidiendo: Windows Phone 7 sólo tendrá una cara (que incluye los rasgos del Zune), en todos los terminales, sean de la marca que sean. Puede que muchos se quejen de no poder cambiar cosas que estaban acostumbrados a variar, pero la respuesta (que Microsoft nunca dará) es esta: ¿no os gustaba tanto el iPhone? Pues toma.
Hay otras características técnicas que incorporará Windows Phone 7 Series, y que nos van a dejar a muchos con cara de gilipollas. A ver si soy capaz de decirlo clarito: WP7 no será multitarea, y no incorporará soporte para Flash. ¿Os suena? Pues eso. En cuanto a la falta de multitarea, supongo que será cuestión de tiempo y versiones. Y Flash, dicen en Microsoft, tiene un sustituto: Silverlight.
En fin, la apuesta de Microsoft es un all in en toda regla. Echan el resto, intentan un jaque, llamadlo como queráis. Valor no les falta para revolucionar de esta forma su propio mercado. Ahora falta lo más importante: que los usuarios respondan, o que no lo hagan. La cosa pinta muy interesante en un futuro próximo. Wow!
ACTUALIZACIÓN DE LA ENTRADA (15/04/2010):
Más datos interesantísimos que me proporciona Eduardo Ortega, MVP de Windows Phone:
- Lo que yo llamo “carcasa”, el equipo de producto de Windows Phone 7 Series lo llama “chassis”. Microsoft se encarga de diseñar una serie de “chassis” a los que los fabricantes tienen que ceñirse para fabricar sus dispositivos.
- Los requisitos mínimos de esos “chassis” son:
- Ni Flash ni Silverlight se soportan en el explorador. Sólo Silverlight ”out of the browser”, como parte del sistema operativo. Hay rumores de que en futuras versiones se incorporará al IE, pero tardará.
¡¡Gracias, Eduardo!!
En abril de 2003, me llegó un email que me informaba de que Microsoft había tenido a bien concederme el galardón “Microsoft MVP (Most Valuable Professional, en español Profesional Más Valioso)”. Concretaban que se me había otorgado ese premio en lo referente a mis conocimientos y -sobre todo- a mis aportaciones en diferentes comunidades de usuarios en el ámbito de su producto Windows cliente, lo que ahora llaman Windows Desktop Experience (algo así como “experiencia de usuario en Windows cliente”).
Desde entonces he mantenido y aumentado las formas en que veía que se podían crear comunidades de usuarios, haciendo uso de todo lo que la Red ha ido poniendo a mi alcance. El contestar preguntas vía Usenet (las news de toda la vida) dejó de ser prioritario en mi labor, prefiriendo inventarme mi propia lista de distribución de correo electrónico (la Lista del WWP), y posteriormente mis propios foros web (los Foros del WWP). Para quien no lo sepa, WWP es el acrónimo de mi sitio web, El Web de Windows de Paniagua.
Como digo, Internet ha ido poniendo a mi alcance otras herramientas para crear comunidad, y nunca he dejado pasar la oportunidad de usarlas. Este mismo blog (El blog de Pani) contiene un buen número de entradas técnicas referidas a asuntos relacionados con Windows. Por no hablar de mi página sobre Windows en Facebook, o mis tweets tecnológicos en Twitter.
En fin, este abril de 2010 Microsoft ha decidido volver a concederme el premio de ser Microsoft MVP por octavo año consecutivo. No deja de ser un reconocimiento que me gusta porque me da a entender que algo debo de estar haciendo bien en mi intención de extender el conocimiento sobre Windows entre la mayor cantidad de usuarios posible. Para mí es, como todos los años, un honor volver a ser MVP, y un gran placer poder compartir este galardón con gente maravillosa a la que he ido conociendo durante estos últimos años, muchos de los cuales no sólo son ya colegas, sino verdaderos amigos. Espero seguir teniendo ganas de compartir conocimientos, independientemente de premios como este, por muchos años más.
]]>Acabo de releer mi publicación de fecha 1 de octubre de 2009, titulada “Ferrari y Alonso: ¿la fórmula mágica?”, y me resulta difícil añadir algo más a lo dicho entonces. Lo que era una esperanza con reservas quedó ayer ratificado como una realidad magnífica: Fernando Alonso ganó el primer Gran Premio de la temporada metido en un Ferrari, seguido del otro cavallino, conducido por Massa. A ver si no sólo tenemos los mejores monoplazas y al mejor piloto, sino que hasta el brasileño se convierte en un piloto fiable al lado del asturiano… En fin, un gustazo.

Hace años estaba yo viendo en la tele cómo el Real Madrid perdía su segunda Liga consecutiva frente al Tenerife en la última jornada. Recuerdo que estaba en casa, decepcionado frente al televisor, en silencio, triste, solo a pesar de tener gente alrededor. No tardó en sonar el timbre de casa y aparecieron dos personas de mi familia, seguidores del Barcelona ambos, luciendo sus mejores galas culés, exhibiendo una alegría merecida por el título recién conseguido por su equipo gracias a la derrota del mío. Traían una botella de cava. Aunque yo no daba crédito a lo que estaba pasando, supongo que porque estaba grogui después del varapalo tinerfeño, me acuerdo de verles tan contentos, con tanta gana de fiesta, que no pude rechazar tomarme con ellos una copa mientras les felicitaba por el triunfo.

Esta noche he visto caer eliminado en octavos de final de la Liga de Campeones al Real Madrid, por sexto año consecutivo. Por razones que no vienen al caso, me encontraba en una casa de un valencianista, viejo y querido familiar mío, e iba yo acompañado de otro familiar, también forofo del Valencia, aunque mucho más joven. Estaba en esa casa, digo, mientras cenábamos y veíamos, de fondo, al Real Madrid jugar el partido. El Madrid ganaba por un gol, y necesitaba otro para pasar la eliminatoria. Los deseos de mis familiares valencianistas no dejaban lugar a la duda: el Olímpico de Lyon era, esta noche, su equipo, y así lo dejaban patente a la menor ocasión. Supongo que algo que ver tendría que yo, madridista confeso, estuviera allí. No sé. Lo cierto es que los de Lyon marcaron un gol -que a la postre eliminó al Madrid-, lo que provocó un frenesí antimadridista intensísimo, sobre todo en el más joven.
Yo sé que el respeto por los demás, por sus formas de pensar, de entender la vida, de encarar los problemas, de compartir las alegrías, es básico para que la convivencia sea algo más que una palabra muerta. Hoy no sólo me apena que el Real Madrid haya quedado fuera de la Champions League. Me apena aún más que, a pesar de que hay quien no se gana el respeto con sus acciones o con sus omisiones, siga gozando de mi respeto. Me entristece pensar que a mi edad no soy capaz de comportarme como un energúmeno maleducado. Me duele saber que cuando ellos queden eliminados -todos quedamos eliminados de algo tarde o temprano- yo seré igual de incapaz que siempre de ir a sus casas a celebrarlo con cava, o de alegrarme con los goles de sus rivales. A veces, de verdad, odio respetar a quienes no se lo merecen. Pero me niego a aprender de ellos: así me moriré, sin darme el gusto de mandarlos a tomar por el culo.
]]>Microsoft Outlook Social Connector es un plug-in para Outlook (el cliente de correo electrónico y gestor de contactos, calendario, notas… de la suite Office de Microsoft) que permite conectarse desde el propio programa con las redes sociales que el usuario desee, sin necesidad de abrir otras aplicaciones. Lo que se llama un todo en uno.
Por ahora, se trata de una versión en desarrollo, y sólo está disponible para las versiones de 32-bit de Outlook 2010 (Beta), 2007 y 2003. El principal problema de Outlook Connector a día de hoy es que, aunque parezca increíble, Microsoft no ha añadido ni una sola red social a la que conectarse, lo que no sé si da risa o da pena. Aseguran los de Redmond que pronto irán añadiendo redes sociales al Connector (Facebook, Live.com, Twitter…), pero resulta muy chocante encontrarse una pantalla vacía cuando abres el plug-in nada más instalarlo. Así:

No obstante, habrá que darles un voto de confianza y esperar que no tarden en incorporar redes. La esperanza es lo último que se pierde, dicen.
Lo que sí me ha dejado gratamente impresionado es una funcionalidad que se nota nada más abrir Outlook después de la instalación del Connector. Añade un nuevo panel a la interfaz, llamado “People Pane” (el plug-in está en inglés, aunque se puede instalar en la versión en español de Outlook), en el que, al pulsar sobre un correo electrónico, Connector comprueba a los que hayan intervenido en el mismo (remitente, destinatario, copias de carbón, contactos, calendario…) y los relaciona mediante una muestra de sus mensajes, citas, etcétera. Una interesante forma de tener disponible de un vistazo información que, de otra forma, tendríamos que buscar por nosotros mismos.
En definitiva, si Outlook Connector nos facilita la vida un poco, y además cumple con las expectativas que se le suponen, iremos bien. Tiempo al tiempo. Por cierto, la descarga, aquí. De nada
Vale, de acuerdo, fumar es malísimo. Provoca montones de enfermedades gravísimas que me van a llevar, tarde o temprano, a una muerte horrible entre tremendos espasmos producidos por un incontenible dolor. Sí, es cierto, los que no fuman tienen derecho a no tragarse mi humo, porque (dicen) les da mucho asco, y les hace enfermar. Perfecto, pues. Ahora que ha quedado claro lo terrible que es que yo fume, no sólo por mi maltrecha salud sino también por el respeto que me merecen quienes no fuman, espero poder solicitar humildemente que:
- Se me permita fumar en mi casa. Al fin y al cabo, allí puedo suicidarme como quiera, supongo. Y si algún amigo no fumador viene a mi casa sólo espero que comprenda que de la misma forma que yo no voy a la suya a llenársela de humo, él no puede venir a la mía a decirme que apague el cigarrillo. Es mi casa, ¿verdad?
- Se me permita fumar en espacios públicos abiertos. Comprendo, por ejemplo, al espectador no fumador y futbolero que, en un estadio, pone mala cara por el humo del puro de quien se sienta a su lado. Pero también a mí me desagrada el olor a pepino, y no obligo a quienes se sientan cerca de mí en un restaurante a no pedirse la ensalada que les apetezca. Por otro lado, en la calle el humo se va volando con el viento, así que no creo que esté matando a nadie si me enciendo un cigarrillo al aire libre.
- Se me habilite un espacio especial para fumadores en los lugares públicos. Como ya sé que soy un enfermo repugnante, nada cuesta dejarme un sitio donde pueda contaminarme los pulmones a gusto, solo o en compañía de otros seres retrógrados y nada europeos como yo. Al fin y al cabo, yo no saldré con mi cigarrillo a la zona libre de humos en que mis queridos no fumadores respiran ese aire puro que anhelan.

Así pues, respetémonos un poco los unos a los otros. Yo, por mi parte, prometo no molestar con mi vicio asqueroso, de forma que quienes no fuman ni se enteren de que existo. Sólo espero que ellos me permitan disfrutar de mi deleznable libertad, sin imponerles nada nunca, sin que jamás tengan que enfermar por mi culpa, pero sin que tampoco ellos me prohíban fumar en mi casa, en la calle o, siempre en lugares habilitados al efecto, en mi trabajo, en un restaurante, o en el fútbol.
¿Será posible que se respete mi derecho, como yo respeto el de los demás? Ojalá.
NOTA: Este es el texto de presentación de mi grupo de Facebook “Por mi derecho a fumar”.
]]>Con el lanzamiento del nuevo dispositivo de Apple, el iPad, me ha dado por imaginarme las reuniones en las que se habrá concebido el aparato en cuestión. Veo a Steve Jobs y a un montón de ingenieros superguays pensando en estas ideas-fuerza: la primera, queremos un dispositivo que compita con los ebooks (lectores de libros electrónicos); la segunda, no queremos caer en la tentación grosera y nada cool de hacer un netbook con Mac OS X; la tercera, tenemos una base magnífica en nuestros productos iPhone y iTouch, a partir de la que podemos desarrollar lo que nos dé la grandísima gana. Imagino entonces a Jobs levantándose de su silla de diseño estilizado para decir en voz alta y clara: “la virtud está en el justo medio; y sí, hoy me he levantado aristotélico”.

Dicho y hecho: iPad está en el medio de todo, lo que en el mundo de la tecnología suele equivaler a estar en el medio de nada. Me explico. Apple lanzó en su momento un cacharrito maravilloso, el iPod, que abría una puerta casi revolucionaria a los dispositivos multimedia: portátil, ligero, bonito, capaz no sólo de reproducir música sino también de mostrar vídeo, sincronizado con nuevos servicios online novedosos (iTunes, podcasts)… Es decir, los de Cupertino revolucionaron el mundo de los reproductores MP3 mediante una apuesta vanguardista, radical si cabe. Luego nos sorprendieron añadiendo a un iPod la función de teléfono móvil, y se sacaron el iPhone de la manga. Además, aprovecharon la ola ascendente para dar ese mismo marchamo de vanguardia a su línea de equipos domésticos, de ordenadores personales y profesionales, con otra revolución: meter un procesador Intel a sus máquinas: MacBook, MacBook pro, MacBook Air… O sea que se lanzaron y acertaron. Se dejaron de Aristóteles.
Pero llegado el momento de buscar algo nuevo para hacer frente a los netbooks, a los tablets, a los ebooks, Apple se ha frenado, dejando incluso a sus fieles con una sensación de tener entre manos -es un decir- un quiero y no puedo, un dispositivo que hace pensar en lo que pudo haber sido y no fue. Porque sabemos lo que es: un iTouch grande, sin multitarea, con poca memoria, con una batería demasiado limitada, con un sistema operativo mínimo, sin soporte para Flash, más caro de lo que debiera… Y sabemos lo que pudo haber sido: un MacBook sin teclado, ultrafino, de tamaño netbook, con Mac OS X, habilitado y mejorado para la lectura de libros electrónicos, todo lo cual habría justificado un precio seguramente excesivo, pero acorde con los productos de la manzana mordida.
Para no dejarnos nada en el tintero, debemos echar un vistazo al otro lado. Microsoft desarrolla junto con HP un nuevo tipo de ordenador que han llamado Slate. ¿Adivináis? Windows 7 en un dispositivo absolutamente táctil (multi-touch, faltaba más), sin teclado, con pantalla de pocas, pero suficientes, pulgadas, preparado para leer ebooks, multitarea, ultraligero… O sea un mini-PC no limitado en sus prestaciones, sino nacido para ampliar la experiencia lectora y tecnológica de sus potenciales usuarios. Parece que en Redmond sí se han puesto las pilas últimamente.
Me temo que Jobs y los suyos han cometido su primer error en años, al no lanzarse de cabeza a innovar, cosa que se les da muy bien según hemos visto. Y todo ello sin contar con que, como ya decíamos por aquí, hay productos que nacen con estrella -y en los últimos tiempos, Apple sabe mucho de eso-, y otros, como este iPad, estrellados. Será que Jobs ha alumbrado el Vista de Apple. Lagarto, lagarto, se oye gritar en California.
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